“¿Salud mental o cerebral?” por Antonio Colom

Deseo comenzar esta exposición ampliando el título de la misma a “¿Salud mental, cerebral o genética?”. La razón es la siguiente, el 16 de septiembre en el suplemento dominical de El País aparecía una excelente entrevista al oncólogo y premio Pulitzer Siddhartha Mukherjee en la que destacaban el siguiente enunciado “En 20 años veremos a criminales defenderse por su genética, y eso generará una complejidad ética y legal. Los genes predisponen, pero no te llevan a hacer nada”. Mi sorpresa y desconcierto  aumentaron cuando semanas después se celebró el juicio por los espeluznantes crímenes de Píoz en los que un joven asesinaba a todos los componentes de la familia de su tío con los que convivía, y en dónde la abogada del acusado basaba su defensa en el “cerebro enfermo” de su defendido alegando que "Negar en pleno siglo XXI la relación entre daño cerebral y conducta es retroceder al XIX”. No han hecho falta 20 años para que ya se haya planteado un problema ético en un juicio siendo a mi entender, un ejemplo de lo que el propio Mukherjee plantea en su entrevista: “La nueva ciencia genética, embriológica y de clonación hace tambalear los límites de lo que es lo humano”. Así pues, ¿qué es lo “humano” y dónde empieza y acaba la responsabilidad de un individuo? Y no sólo en relación a sus actos, sino también en relación a su propio sufrimiento. ¿Existe un sufrimiento “humano” o todo sufrimiento es única y exclusivamente genético o neuronal? Lo “humano”, ¿es competencia de la ciencia o excede a los límites  de estudio? Lo que sí es seguro y en esto creo que coincidimos desde diferentes ámbitos del saber, es que los magníficos avances científicos que están aconteciendo y fundamentalmente la “interpretación” de los mismos, imponen redefinir competencias y límites entre diferentes disciplinas. Entre otras cosas porque los mismos científicos nos alertan en relación a determinadas derivas como la de la abogada defensora del caso Pioz. Atendamos nuevamente al Sr. Mukherjee: “Los genes interactúan con las elecciones personales. Te predisponen. Pero no te llevan a hacer nada. Tú decides hacer o no hacer algo”. Entonces, este “Tú decides”, ¿dónde hay que situarlo?,¿de qué materia está hecho?, ¿existe la neurona de “elecciones personales”, el gen del “Tú decides” o el neurotransmisor del “Tú decides”?, ¿”persona” y “organismo” son lo mismo? Lo que no cabe duda es que estás cuestiones las estamos planteando en el campo del lenguaje y es evidente que al preguntarnos por el “decidir” y sobre qué es lo “humano”, estamos empleando palabras.

Por otro lado, tales planteamientos análogamente se están produciendo en el ámbito de las Ciencias Humanas. Los filósofos Giorgio Agamben y Judith Butler denuncian en algunos de sus trabajos el peligro que supone el desplazamiento hacia el paradigma epistemológico de las ciencias cognitivas por suponer un reduccionismo de lo específicamente humano al sistema neuronal y al código genético. Agamben, tanto en su libro Signatura rerum como en su libro Desnudez realiza la siguiente pregunta ¿Qué tipo de identidad puede construirse sobre datos meramente biológicos? Respondiendo que tal reduccionismo biologista elude  lo que implica el reconocimiento social del individuo y la cuestión de asumir la máscara social por parte del mismo. Para Agamben, esta nueva identidad es una identidad sin persona algo que, según él, tambalea los principio éticos de nuestra sociedad. Judith Butler en su libro Marcos de guerra. Las vidas lloradas, se pregunta qué es una vida. Y en su repuesta, apuesta por un abordaje social y político reivindicando también una ontológica que los incluya, distinta a la que las neurociencias y la biología molecular sostienen con respecto al concepto “vida”. Añadiremos que para estos autores, este cambio de paradigma afecta al conjunto de las Humanidades por desplazar un principio eminentemente historicista hacia otro meramente biológico. ¿La “identidad” de un persona es su código genético? Recordemos aquí lo que nos dice el psicoanalista Madlen Dollar. “…persona,  en su etimología, viene de per-sonare, sonar a través, más específicamente, sonar a través de una máscara. Entonces el carácter único de la voz tiene que sonar a través de una máscara para invocar a una persona. También en griego, prosopon sorprendentemente significaba tanto rostro como máscara. Podría decirse que la máscara es genérica, que subraya los rasgos característicos, el tipo. Es como el nombre, constituye una clase, mientras que la voz es única, pero sólo sonando a través de una máscara, de modo que la persona es la difícil unidad de las dos: esto ya nos da un indicio de que sólo puede asumirse la propia voz, sólo y literalmente, mediante la personificación. “

Aprendamos del siglo XX y recordemos una vez más esas fábricas de deshumanización en serie que fueron los campos de concentración, en los que sus habitantes fueron reducidos a puros organismos con un número tatuado, casi, casi, deshabitados en vida y ya sin habla. Lo inhumano desde el psicoanálisis puede ser pensado desde Freud, gracias al concepto de pulsión de muerte, pulsión que habita tanto lo social, como lo subjetivo; muy en la linea del concepto de “banalidad del mal” de Hannah Arendet. Humano e inhumano no son instancias contrapuestas, sabemos que coexisten.

Lo que sí resulta curioso es esa tendencia a reducir lo humano o la identidad al código genético cuando los propios científicos nos advierten que no debemos mitificar los alcances de la genética o cuando resaltan los límites mismos. Evidentemente existe la dotación genética, pero hay un margen para decidir, para elegir, que no tiene que ver con lo estrictamente genético. Ahora bien, ¿a quién o quienes les interesa tal reduccionismo cuándo los propios genetistas nos lo advierten?, ¿a qué poderes o estrategias atienden tales argumentaciones? Creo que son preguntas pertinentes en el actual presente de la Salud Mental y que nos conciernen a todos los que trabajamos en este ámbito, aunque  debemos esperar las respuestas que aporte el campo de la sociología sin renunciar a nuestros principios éticos. Quizás una primera respuesta ya viene denunciada en prensa en los últimos años: la especulación que las multinacionales farmacéuticas ejercen sobre la salud mental y la ideología subyacente que la acompaña en lo referente a qué es una enfermedad mental.

No obstante, rescato de esta breve exposición la pregunta subyacente y obvia a la vez, ¿de qué materia, de que sustancia estaría hecha la identidad, la persona o lo humano? Y añado,¿la mente es el cerebro?,¿las enfermedades mentales son enfermedades cerebrales? No se trata de preguntas banales pues el empuje actual tiende a sustituir la concepción clásica de “mente” por la de “cerebro”, les remito como ejemplo al libro del premio Nobel de Medicina, Eric Kandel, La era del inconsciente, (pésima traducción del título original The age of insight), en el que expone que “El desafío central de la ciencia en el siglo XXI es la comprensión de la mente humana en términos biológicos”, gracias a la unión entre la psicología cognitiva y las neurociencias. Aunque resulta curioso que detecte que la ciencia del cerebro y el arte representan dos perspectivas muy distintas de la mente y en dónde el descubrimiento freudiano del inconsciente también hallaría una ubicación neuronal, curiosamente no es negado, sólo hay que encontrar su ubicación neurológica. Lo mental nuevamente no es reducible íntegramente a lo estrictamente biológico. 

De cualquier forma, hoy en día existe un fenómeno que adquiere tintes paradigmáticos en este contexto. Me refiero al fenómeno “trans”, en el que gran número de individuos admiten tener una identidad distinta a la de su organismo, intentando normalizar su situación socialmente, biológicamente e incluso jurídicamente, a la vez que defienden que tal fenómeno no es ninguna patología. Pero también tengamos presentes a los llamados “cyborg”, que mediante implantes tecnológicos en su organismo producen alteraciones en su sistema perceptivo, ya que desde el campo de la antropología nos advierten de un cambio patente en el paisaje humano en un futuro no muy lejano. 

Desearía detenerme ahora en un libro de la novelista Siri Hustvedt, La mujer temblorosa o la historia de mis nervios, considerado como un trabajo de psicología al encontrarlo no entre los trabajos de ficción de la autora, sino en la sección de Psicología de las librerías. Esta autora tras la muerte de su padre y dando una conferencia, sufre un episodio convulsivo que le lleva a realizar una excelente investigación sobre los tratamientos que existen en Estados Unidos, así como al diagnóstico del mismo. “¿Mi mente es lo mismo que mi cerebro?¿Cómo puede la experiencia humana originarse en la materia gris y en la blanca?¿Qué es orgánico y qué es inorgánico?”, como podemos observar son buenas preguntas las que la llevan a trabajar. Pero también encuentra respuestas, cito: “En el clima cultural de hoy la frase trastorno mental orgánico tiene un efecto tranquilizador. Mi hijo no está loco, lo que tiene es un problema en el cerebro”. Curioso… Y añade: “El problema es que el término trastorno mental orgánico no dice mucho. No hay lesiones ni perforaciones en el tejido cerebral de los esquizofrénicos ni en el de los maníaco-depresivos como tampoco se ha detectado ningún virus que destruya la corteza cerebral. Las nuevas tecnologías aplicadas a los escáneres cerebrales pueden detectar los cambios en la actividad cerebral. Aunque también hay cambios cuando estamos tristes o alegres o excitados sexualmente”. Es decir y siguiendo la lógica expositiva de la autora, la actividad cerebral no es indicativa en sí misma de nada en concreto. Depende de cómo se la simbolice, de la significación que se le de y evidentemente resulta claro que la incidencia sobre la misma mediante psicofármacos en innegable. Es posible detener o ralentizar tal actividad.  Y es absolutamente innegable también, los efectos benéficos de la psicofarmacología en el tratamiento de las psicosis, así como en depresiones severas, en los trastornos del sueño,  en los cuadros de ansiedad agudos, etc., etc., etc. Por lo que debemos seguir preguntándonos entre la diferencia entre mente y cerebro. Ahora bien, ¿detener o relentizar es curar?

¿Qué entendemos por “mente”? Vayamos al diccionario y hallaremos su etimología “…del latín mens, mentis , definida como una entidad incorpórea, inmaterial, sede de la imaginación, la consciencia, el pensamiento, el olvido, la reflexión, la intuición, la voluntad, la abstracción, etc. Facultad con la que se piensa”. Lo llamativo y espero que estemos todos de acuerdo, es que en la definición clásica de “mente” , es situada como una “entidad incorpórea”. Es decir que desde siempre, el término “mente” remite a algo incorpóreo, lo que no deslegitimiza los actuales intentos de corporización que ya se hallan reflejados en las últimas definiciones de este término aunque siempre resulta patente que  “mente” excede a lo estrictamente cerebral. Y detengámonos también en el término latín mentis del que deriva el verbo mentir, por lo que etimológicamente también la mente incluye la mentira.

Lo llamativo es que en la esencia de este concepto se hallan concernidos el campo de la imagen, el campo de lo simbólico (para pensar dependemos de un sistema representativo) y un sujeto que elige y decide o que incluso miente. Y no caigamos en el absurdo de negar aquello que los avances científicos ponen en la palestra y es que el cerebro es condición de la mente. Es necesario un cerebro en funcionamiento para que exista una mente. De la misma manera que se detecta a través de muchos estudios el cómo el habla y la escucha, también producen alteraciones en la actividad cerebral.

¿Qué podemos añadir desde el psicoanálisis a tales planteamientos? Desde el primer esquema psíquico de Freud en el que planteaba y situaba al inconsciente entre la percepción y la conciencia, hasta la última representación del psiquismo de Jacques Lacan en la que gracias a la figura topológica del Nudo Borromeo nos propone el anudamiento de tres registros: el de lo real, el de lo simbólico y el de lo imaginario, gracias a un cuarto nudo, el sinthome, podemos situar la evolución constante y viva del psicoanálisis. En esa figura topológica, Lacan sitúa sus matemas y las formaciones clásicas del inconsciente freudiano. Ahora bien, para adentrarnos en este esquema es imprescindible rendirnos a la evidencia de lo que es nuestro material de trabajo en la clínica y desde siempre, el lenguaje. Y no olvidemos que el propio Freud se vio tentado en situar entre la percepción y la conciencia a los procesos neuronales. Me remito a su “Proyecto de psicología para neurólogos”, texto que se editó 20 años después de su muerte ya que él renunció a su edición. 

Propongo ahora un ejercicio, el de pensar en el lenguaje como en un órgano cuya característica es que es interno y externo al mismo tiempo. Tal como dice Jacques Derrida “… la lengua está en el otro, viene del otro, es la venida del otro”, pero también está en el interior fundando un sujeto gracias a sus efectos, responsable del uso y empleo del mismo y sede de su ex-sistencia. Por el lenguaje tenemos acceso a un medio simbólico que nos permitirá coexistir con el afuera y que es fundante de un sujeto emergente del enlace entre lo real del cuerpo, el reino de las imágenes y el campo de lo simbólico y que va adquirir un sentido y una significación en esa interconexión constante de las palabras del adentro con el afuera y viceversa. 

No obstante es imprescindible despegarnos del reduccionismo del lenguaje a su concepción lingüística que impera hoy en día por doquier. Bienvenida la lingüística en lo que es su trabajo de homogeneización de una lengua, imprescindible sin lugar a dudas ya que el uso de la misma siempre va en sentido contrario. Ejemplo de lo que acabo de exponer es la continua revisión de los diccionarios y también me remito nuevamente al trabajo de Derrida en su libro El monolingüismo del otro en sus pasajes sobre la homogeneización del lenguaje. Pero en el advenimiento al lenguaje, para organizar los sonidos de un idioma, es innegable que hace falta una mínima incorporación gramatical.  Y no obviemos que en la transmisión y aprendizaje de una lengua hay más. Las palabras pueden estar habitadas de amor o de odio. Los decires van acompañados de intenciones. Los sonidos del lenguaje contienen homofonías, dobles sentidos, alusiones, medios dichos,  enigmas, malos entendidos, sentimientos, oximorones, cosas incomprensibles, etc. Y también concepciones de lo que la vida es. El nacimiento de un ser en el campo del lenguaje no es neutro, no atiende única y exclusivamente al perfecto empleo gramatical de un idioma.

Nuestra clínica psicoanalítica es una clínica en la que situamos una experiencia discursiva diferente a las de la calle. La esencia de tal discurso entre un analizante y un analista, la hallamos en la estructura misma del signo lingüístico, pero con la alteración que Lacan realiza del mismo. En su seminario XX Aún, nos anima a “…percatarnos de que el significado no tiene nada que ver con los oídos, sino con la lectura, la lectura de lo que se escucha. Lo que se escucha es el significante”. Es decir, significante y significado no hacen uno, no van al unísono; es más, pertenecen a registros diferentes. El significante pertenece al campo del sonido, se escucha y el significado al campo de la lectura, se lee. Incluso en una de su últimas conferencias tituladas “Conferencias sobre la histeria” nos recuerda que entre el  uso del significante y el peso de la significación, hay un mundo. La escucha de un analista da lugar a que un analizante despliegue y detecte lo particular de su sufrimiento. Coincidimos en este contexto con el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han en su definición de la escucha: “Escuchar no es un acto pasivo. Se caracteriza por una actividad peculiar. Primero tengo que dar la bienvenida al otro, es decir, tengo que afirmar al otro en su alteridad. Luego atiendo lo que dice. Es lo único que ayuda al otro a hablar. La escucha invita al otro a hablar, liberándolo para su alteridad”. Pero el lugar del analista no es ni el del lector, ni el del que aporta la solución a ese incomprensible doloroso que recibimos. La invitación del analista consiste en que sea el propio analizante el que se convierta en lector de su síntoma, el que des-cifre el sentido enigmático de su sufrimiento, mientras que el analista ocupará el lugar de lo que escapa a ese traductor fallido que es el inconsciente y que la clínica lacaniana conceptualiza como real, algo que escapa al campo de lo simbólico y de lo imaginario. Las interpretaciones de un analista no van en la línea de completar esa repetición dolorosa que insiste en nuestras vidas a partir de un saber significativo y supuestamente resolutivo que sería un tapón que la repetición hace estallar tarde o temprano. La interpretación analítica apunta a deshacer la insistencia del cifrado sintomático a través de la desestabilización del mismo, confrontando al sujeto en análisis al sinsentido del mismo y a la espera de un nuevo despertar en el que lo real imposible de inscribir, quede reducido a puro chiste. A que ese real que insiste sin posibilidad de representación por la vía del dolor, reste en paz, lo que  no se produce sin la lógica del significante que habita el síntoma analítico. Ese es el poder de la palabra en un análisis. Y es que nuestros sufrimientos están hechos del fracaso de la significación y del sentido que toda experiencia de lenguaje conlleva a la hora de abordar el sufrimiento psíquico. Nosotros sostenemos que el sufrimiento humano pertenece al campo del lenguaje.

Lo humano desde nuestra experiencia, así como desde el campo de las Humanidades, estriba en el hecho de que somos seres hablantes, en que poseemos el lenguaje al contrario que el resto de los animales. Lo que el psicoanálisis aporta desde su particularidad, es que por el hecho de hablar, también podemos sufrir. Y sin lugar a dudas para poder sufrir, hace falta un organismo humanizado por la palabra, con sus vísceras funcionando y con su fecha de caducidad a determinar. ¿Es posible referirnos a lo humano por fuera de un sistema representativo?¿Podemos decidir sin palabras? No nos engañemos, no hay sistema representativo que no esté determinada por el hecho de que hablamos y el lenguaje viene de afuera, se aprende, se subjetiviza, se incorpora. 

 

 

Bibliografía

Agamben, G. Desnudez. Barcelona, Anagrama.

Agamben, G. Signatura Rerum. Barcelona, Anagrama

Butler, J. Marcos de guerra. Las vidas lloradas. Paidós Ibérica.

Derrida, J. El monolingüismo del otro. Argentina, Manantial.

Dolar, M. “Qué hay en una voz?”. Conferencia inédita.

Freud, S. Proyecto de una psicología para neurólogos. Argentina, Amorrortu

Han, Byung-Chul. La expulsión de lo distinto. Barcelona, Herder

Hustvedt, S. La mujer temblorosa o la historia de mis nervios. Barcelona, Anagrama

Kandel, E.R. La era del inconsciente. Barcelona, Paidós.

Lacan, J. Seminario 20 Aun. Argentina, Paidós.

Lacan, J. Consideraciones sobre la histeria. Granada, EUG.

Mukherjee, S. El gen. Una historia personal. Barcelona, Debate

https://elpais.com/elpais/2018/09/11/eps/1536675349_749067.html 

 

 

 

 

 

 

 

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